6.4.09

Gracias por venir a mi fiesta (tercera parte)

Al llegar a la Iglesia eran casi las 4 pm. La familia de él no nos acompañaría por que nosotros “habíamos manchado su honor”. Sólo algunos amigos permanecían en el zócalo que quedaba frente al templo, preguntándose qué había pasado. Mi padre se había llevado a mi mamá y a mis hermanas a un puesto cercano donde vendían tacos de sesos y agua de jamaica, por que ya tenían hambre.

Si había sido denigrante atravesar el pueblo llorando con semejante panza, ahora, al encarar al sacerdote, se acercaba lo peor. Durante la ceremonia no dejó de gritar que lo que mal empieza, mal termina, que a esa hora él nos casaba sólo por que un hijo no debía de nacer fuera del matrimonio, y de mala gana, nos dio la bendición que a mi me supo a mentada de madre. No quiso tomarse la foto con nosotros.

Al parecer la familia de Gustavo se arrepintió de última hora, y horrorizados por el “jardín” en que se casaba su único hijo varón, llegaron al lugar de la fiesta, al tiempo que preguntaban si podían quitar los suéteres que estaban sobre las sillas y que habían puesto la naca de mi tía Chendita “pa´ apartar lugares”, como si estuviera lleno.

Conforme avanzaba la “pachanga”, mis familiares bailaban salsa como si fuera una mezcla chúntaro y danza apache. Mi papá no podía dejar pasar esta oportunidad sin mostrar su pasito de “atrapa-pollos”. Algunos curiosos miraban cómo los padrinos de pastel untaban el pan con chantilly en medio del mosquerío infernal.

El Pollo vino hacia mí y me preguntó que si me había puesto el liguero debajo del vestido “por que sus amigos querían cacharlo”. Encolerizada, a punto de golpearlo, volteé a mirarlo y comencé a caminar hacia él. Inmediatamente su expresión cambió y asustado corrió hacia otra parte.

Aún recuerdo la cara de pánico de mi madre al descubrir un rostro conocido en la cara de mi suegra.
- Oye, ¿esa señora es la Chata? –
- Sí, ¿por qué? –
- Pero cómo eres pendeja niña, ¡te casaste con tu primo, ella es prima mía!

Yo deseaba morir ahí mismo. Quizá mi hijo nacería con una espantosa cola de cochino y dientes de cabra, como había leído que pasaba cuando se casaban entre familiares.

Ahora si estaba paralizada, engarrotada, horrorizada. No me inmuté al caminar sobre los tacos de sesos que mi mamá vomitó después de enterarse de la terrible realidad, ni me molestó la cara desaprobatoria de mi suegra y/o mi tía y mi cuñada y/o mi prima, que criticaban a mis primas que servían pata de res como botana.

Pasé, casi sin oír, junto a mi tío El Chiricuto, quien me gritaba “pierna pierna pierna pierna pierna” al ritmo del Jarabe tapatío cada vez que me veía.

Yo necesitaba pensar, pero desafortunadamente el único lugar disponible era un cuartucho, en medio del caos organizado por los meseros, entre cervezas, regalos forrados de blanco y los tenates de las tortillas. No sé bien por cuanto tiempo me evadí de la fiesta, el punto es que cuando salí, segura de que todos se habían enterado de mi tragedia y habían optado por largarse, la fiesta estaba en su apogeo: mi tía Chenda daba una cátedra de ovnis frente a unos tíos de mi marido-primo; mis primitos, de traje y corbata, se revolcaban en la tierra como perros jugando a las luchas; mi tío El Chiricuto estaba cantando la canción del “Bautizo de Cheto” y diciendo al micrófono que a mí siempre me había querido mucho y que desde chiquita se me veía que iba a casarme en esas circunstancias. Pero lo que terminó de darme en la madre, fue que el pinche Pollo ya estaba ebrio y la boda, MI BODA, se había transformado en una más de las fiestesitas que daba a sus amigos. Como todo buen anfitrión, se hallaba al frente del terreno recibiendo a sus “brothers” que llegaban con ombligueras o suéteres color fucsia con peluche, como si acabaran de avisarles del “relajito” que se estaba armando. Eso era más de lo que podía soportar.

El día con el que soñé desde niña se había convertido en la peor pesadilla de mi existencia. Sólo supe que no estaba soñando porque el padrino de fuegos artificiales inició un espectáculo precedido de un trueno estridente. Lo supe porque el susto de mi abuela hizo que gritara “¡ay puto!”, ocasionando, para no variar, más miradas de horror sobre mi familia. Afortunadamente el incidente fue olvidado tan pronto como unas luces con el nombre de Gustavo y el mío entrelazados brillaron en la pared. Para mí fue el bochorno más grande de mi existencia, pero los invitados aplaudieron emocionados y comenzaron con sus porras para “los novios”. Por primera vez sentí a mi hijo moverse dentro de mí. No sé si protestaba por que estos canijos “ni la burla” perdonaban o si él también se asustó con los cuetes. Definitivamente esto era un complot, ya no había dudas. Nadie puede vivir una vida, ni siquiera un día tan bizarro como el mío.

Mi madre se acercó a mí, pensé que se avecinaba otra ola de reproches, pero para mi asombro sólo dijo:
- Hijaaaa, tus padrinos ya se van.
- Mijita ¡qué fiesta tan bonita! Graciotas por invitarnos, la pata estuvo bien sabrosa.
- ¡Diles algo hija! ¡Ay esta niña! Es por el embarazo yo creo ¿verdad?
- No se preocupe comadre, es que es su día y está re ´emocionada viendo a su enamorado.

¿De verdad nadie se daba cuenta?

- Gracias por venir a mi fiesta.

5 de Mayo de 2006

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